viernes, 25 de julio de 2014

El hombre que no era de Angrois



- Perdona, ¿eres de aquí, de Angrois?

- ¿Yo? Qué va - me contesta un hombre de unos cuarenta años y con la piel morena de trabajar al sol. Me lo creo, qué voy a hacer, a pesar de la familiaridad con la que trata a Pilar, la dueña del bar. 
Estoy en el Bar Rozas, el único que hay en Angrois, muy cerquita del lugar exacto donde hace un año descarriló el Alvia. Pilar, detrás de la barra, me sirve un café con hielo y aguanta mis quejas: “Nadie quiere hablar conmigo”. Tengo que volver a Madrid con material suficiente para hacer una pieza sobre el barrio y no voy por buen camino. “Es normal, entiéndelo, la gente está muy cansada”, me dice.

Y lo entiendo, por supuesto que lo entiendo. Durante este año los periodistas han merodeado por Angrois sin descanso y en días como estos, cercanos al aniversario, se multiplican. Nos ven aparecer con los micrófonos, las cámaras, pertrechados con grabadoras y libretas, y nos temen. Somos los que no les dejamos olvidar, los que formulamos siempre las mismas preguntas, los que les hacemos revivir aquel día para rellenar ávidos nuestras crónicas. 

Paseo de arriba abajo y varias veces la misma calle. Apenas hay nadie. Los treinta grados de justicia no ayudan. Me cruzo con algunos vecinos: ¿Sois de aquí? – pregunto – No, no, somos de Angrois –  contestan algunos. Saben lo que busco y es la manera de evitar las preguntas que siguen a esa. 
Acto de aniversario en Angrois
A lo largo del día consigo recoger algunas historias, unas grabadas y otras no, pero ya no me importa. Me siento una privilegiada por haber venido aquí y haber conocido a esta gente tan valiosa. Gentes con nombres que aquí pintan poco, pero que yo guardo para mi: “Necesité asistencia psicológica, a veces, por las noches, me vienen las imágenes a la cabeza”, “Ayudé todo lo que pude, sin pensar, pero al caer la noche me di cuenta de lo que habíamos hecho y me derrumbé”, “No quiero recordar, y estoy harto de los periodistas, ¿qué queréis que os diga? ¿que os mienta cuando nos preguntáis si algo así se olvida? Esto no se olvida nunca”. Les han dado la Medalla de la ciudad de Santiago y son candidatos al Príncipe de Asturias de la Concordia... "Los premios están bien, nos sentimos honrados, pero no nos parece que los necesitemos ni queremos protagonismo. Hicimos los que cualquier otra persona hubiera hecho en otra situación así".  Me dicen y me repiten que actuar como lo hicieron es, simplemente, humano.

Termino la jornada en el bar de Pilar, sentada fuera. Ya corre el aire. Algunos parroquianos, de esos que decían no ser de Angrois, comienzan a llegar: “¿Todavía aquí muchacha?”. Pilar se sienta a mi lado y conversamos sin prisa. Me entero de que el hombre de esta mañana, el de piel morena, fue uno de los que más ayudó a las víctimas cuando el tren descarriló. Trabajó sin decanso hasta que no pudo hacer más y sin saberlo le salvó la vida a una niña con síndrome de down que perdió a sus padres en el accidente. Ah, y me entero también de que es de Angrois de toda la vida. No podía ser de otra manera.


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