- Perdona, ¿eres de aquí, de
Angrois?
- ¿Yo? Qué va - me contesta un hombre
de unos cuarenta años y con la piel morena de trabajar al sol. Me lo creo, qué voy a hacer, a pesar de la familiaridad con la que trata a Pilar, la dueña del bar.
Estoy en el Bar Rozas, el único que hay en Angrois, muy cerquita del lugar
exacto donde hace un año descarriló el Alvia. Pilar, detrás de la barra, me
sirve un café con hielo y aguanta mis quejas: “Nadie quiere hablar conmigo”. Tengo
que volver a Madrid con material suficiente para hacer una pieza sobre el
barrio y no voy por buen camino. “Es normal, entiéndelo, la gente está muy cansada”, me dice.
Y lo entiendo, por supuesto que
lo entiendo. Durante este año los periodistas han merodeado por Angrois sin
descanso y en días como estos, cercanos al aniversario, se multiplican. Nos ven aparecer
con los micrófonos, las cámaras, pertrechados con grabadoras y libretas, y nos
temen. Somos los que no les dejamos olvidar, los que formulamos siempre las mismas
preguntas, los que les hacemos revivir aquel día para rellenar ávidos nuestras
crónicas.
Paseo de arriba abajo y varias veces la misma calle. Apenas hay nadie.
Los treinta grados de justicia no ayudan. Me cruzo con algunos vecinos: ¿Sois
de aquí? – pregunto – No, no, somos de Angrois – contestan algunos. Saben lo que busco y es la
manera de evitar las preguntas que siguen a esa.
A lo largo del día consigo recoger
algunas historias, unas grabadas y otras no, pero ya no me importa. Me siento
una privilegiada por haber venido aquí y haber conocido a esta gente tan valiosa. Gentes con nombres que aquí pintan poco, pero que yo guardo para mi: “Necesité asistencia psicológica, a veces, por las noches, me vienen
las imágenes a la cabeza”, “Ayudé todo lo que pude, sin pensar, pero al caer la
noche me di cuenta de lo que habíamos hecho y me derrumbé”, “No quiero
recordar, y estoy harto de los periodistas, ¿qué queréis que os diga? ¿que os
mienta cuando nos preguntáis si algo así se olvida? Esto no se olvida nunca”.
Les han dado la Medalla de la ciudad de Santiago y son candidatos al Príncipe de Asturias de la Concordia... "Los
premios están bien, nos sentimos honrados, pero no nos parece que los
necesitemos ni queremos protagonismo. Hicimos los que cualquier otra persona hubiera hecho en otra
situación así". Me dicen y me repiten que actuar como lo hicieron es, simplemente, humano.
Termino la jornada en el bar de
Pilar, sentada fuera. Ya corre el aire. Algunos parroquianos, de
esos que decían no ser de Angrois, comienzan a llegar: “¿Todavía aquí
muchacha?”. Pilar se sienta a mi lado y conversamos sin prisa. Me entero de que el
hombre de esta mañana, el de piel morena, fue uno de los que más ayudó a las
víctimas cuando el tren descarriló. Trabajó sin decanso hasta que no pudo hacer más y sin saberlo le salvó la vida a una
niña con síndrome de down que perdió a sus padres en el accidente. Ah, y me
entero también de que es de Angrois de toda la vida. No podía ser de otra
manera.
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